lunes, 14 de diciembre de 2009

APUNTES: STORMY MONDAY

Por.- RAÚL GÓMEZ MIGUEL

Una investigación periodística publicada ayer por el periódico estadounidense The Washington Post concluyó que narcotraficantes mexicanos abrieron una opción de capitalización para mantener el nivel de violencia que requiere enfrentarse al Gobierno Federal: el robo y la venta clandestina de petróleo, que en los últimos dos años rebasó los mil millones de dólares.

Para el rotativo, Los Zetas son una de las bandas más activas en el tráfico del oro negro, organizando los hurtos, distribuyéndolos y revendiéndolo a empresas norteamericanas que han sido y están siendo investigadas judicialmente.

En sí, la noticia es fuerte pero no asombrosa, admitiendo que los tentáculos del narcotráfico se han extendido en todos los niveles de la sociedad, incluyendo gobiernos estatales y el nacional.

Tampoco es posible ignorar la participación de Petróleos Mexicanos en este tipo de ilícitos porque, ante todo, para efectuar un robo de petróleo es pertinente información y facilidades en la relajación de la seguridad, y eso sólo proviene de dentro de la compañía.

Durante décadas, hemos denunciado delitos de cuello blanco y azul efectuados por funcionarios y trabajadores de PEMEX sin que los PODERES DE LA UNIÓN respingaran.

El dinero no conoce lealtades y el flujo de la riqueza no contempla escrúpulos, por ende, al margen de lo publicado por The Washington Post, Calderón vuelve a equivocarse al suponer que la “cruzada” que encabeza para exterminar al crimen organizado, es frontal y sólida. Por el contrario, está abriendo oportunidades de negocio para los mercenarios de la guerra.

Mil millones de dólares es una cifra difícil de imaginar y ocultar, por consecuencia, dónde fueron a parar, qué favores compraron y cuál fue el destino final.

Los cerebros del crimen organizado están planteando un esquema de economía de guerra, es decir, planean estratégicamente que sus ramales lucrativos atraigan la fortuna e inauguran opciones lucrativas para no ceder un milímetro al enemigo.

A diferencia de los gastos y los ingresos del Estado, el narcotráfico tiene un abanico de responsabilidades limitado y, faculta, un mejor rendimiento de los recursos sin sacrificar márgenes de utilidad.

Con un código salvaje de lealtad, los criminales asientan lo que para un gobierno es imposible: la confianza absoluta en sus tropas. Pagando bien y castigando con la vida, el narcotráfico está en una posición, documentada por la prensa extranjera, de comprar voluntades donde se le pegue la gana.

En los Estados Unidos, primera economía a trabajarse, los nexos del crimen organizado están desatados y comprometen regiones enteras del sur de ese país y los focos decisivos del manejo financiero.
En América Latina, las mafias mexicanas son hermanas casi de sangre de sus homologas y han pactados relaciones comerciales mejor estructuradas que la de los Tratados Internacionales de Libre Comercio.

En una simple seducción de: le entras o te mueres, los zares de la droga mexicana fortalecen el panorama operativo y adelantan los escenarios de una renegociación con las autoridades que vengan porque las actuales están condenadas al fracaso.

Sin embargo, por lo menos los narcotraficantes asumen su condición de forajidos, no como sus colaboradores que con la fotografía del Presidente de fondo y la Bandera Nacional en una esquina, extienden la mano para recibir el cuerno de su cobardía, facilitando que la sangre siga corriendo en el país.

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