viernes, 8 de mayo de 2009

EDITORIAL: EL REGRESO A CLASES

Por: Raúl Gómez Miguel


Las preparatorias y universidades que conocemos, obedeciendo la disposición oficial de reabrir sus puertas y desinfectando a marchas forzadas, dieron cabida a miles de jóvenes hartos de estar en sus casas, escuchando las angustias de sus padres, las advertencias de los “carrozas” mediáticos y los “carcass” políticos.

Desde temprano, autoridades académicas y personal de intendencia metido a sanitario, montaron los retenes indispensables, según instrucción la Secretaría de Educación Pública, para reducir al mínimo la contaminación del virus de influenza humana.

Cuales filas de entrar el Metro en horas pico, la juventud se formó y aguantó los requisitos de limpieza y control estadístico de ley e ingresó a sus salones, “el día después” de la contingencia con el espíritu festivo de haberse liberado del ostracismo en que transcurrieron las últimas semanas.

Hasta los gandules extremos se aparecieron como si fuera un lunes de honores a la bandera. Los corrillos se formaron y cada cual contó su experiencia en las jornadas de “Exterminio”, “Resident Evil” o “El día de los muertos vivientes”. En el fondo persistía la inquietud de que la “banda” estuviera completa y que no hubiera perdidas que lamentar. Contabilizando y preguntando en los cambios de clase, hombres y mujeres resistían sin conseguirlo a saludarse de beso y mano, a invitar de sus alimentos y a pasarse por el arco del triunfo, las indicaciones repetidas hasta la saciedad. Estaban otra vez juntos y no iban a echar a perder el momento con resabios que para ellos no cuentan en la temeridad de su ímpetu. Hasta “crudos” se reintegraron a la normalidad.

Los profesores pasaron las de Caín entre los cambios de calendario, el asunto del salario, el llenado de cuestionario, las indicaciones de los directivos, el tapabocas, el gel antibacterial y las expresiones de burla de parte de los alumnos por el operativo.

En el aula, la dinámica fue inmutable, cada grupo preguntaba a los “profes” que les inspiran credibilidad qué había sucedido efectivamente y juntando las explicaciones reforzaron o modificaron lo que venían pensando desde las horas iniciales de la emergencia.

Los adultos que dan clases saben que la primera juventud es contagiosa por contacto directo y sumidos en el jaleo de las opiniones, las peculiaridades del alumnado y las burradas que invariablemente llegan a cometer, la tensión de lo vivido comenzó a descender, e hicimos otras lecturas superiores a las del sentido común, nos dimos cuenta que son las generaciones que nos sustituirán: el bien más preciado, la guerra que tenemos de ganar para formarlos y entrenarlos en el combate cuerpo a cuerpo con la vida diaria.

A veces los profesores olvidamos que no es sólo el conocimiento lo que les transmitimos sino formas de vivir, actuar y defenderse. Somos una prolongación extraña de padres y madres que junto a su frescura tratan de mantenerlos en un camino de rectitud y coherencia, que nos duelen y nos afectan, y que en estos momentos siniestros funcionan como la esperanza de que no todo está perdido, de que hay una oportunidad para que rebasen los logros de la ancianidad anticipada del ciudadano común.

Volvernos a reunir en las comunidades escolares que formamos nos impone estar atentos a la protección y hacernos a la idea de nunca abandonar a un compañero en desgracia. La ciudad se llenó de jóvenes y me devolvió la sonrisa y la ironía para predicar con el ejemplo que los monstruos no nos van a ganar, que su tiempo está a salvo y que el futuro será exactamente lo que se propongan levantar.

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